Un cura a bordo. Capítulo primero

Montreal, hace muchos años, casi cuarenta, cuando existían aún buques de carga general, con revestimientos de madera, habilitación a la vez confortable y elegante, manguerotes clásicos, camarotes espaciosos, bodegas acuarteladas, puente al medio, plumas adosadas a los mástiles y plan de estiba programado en el propio barco, más atractivo, ni en el cine.

Uno de ellos, de cuatro bodegas, 7.500 toneladas, mixto –carga y cuatro camarotes dobles de pasaje- muy marinero, de bonita línea, popa redondeada, casco blanco y negro; se encontraba cargando todo la infraestructura y habilitación de un campamento completo para un yacimiento petrolífero argelino que explotaba una sociedad canadiense, contenedores-viviendas, idem-oficinas, de servicios, su avituallamiento interno, camiones, tractores, todo terrenos, tiendas de campaña, generadores, cableados y material vario de todo tipo, propio de esa clase de asentamientos.

La carga era lenta y tortuosa dada la gran variedad de volúmenes que había que estibar tanto en el interior de las bodegas como en cubierta, eso sí, tenía su maravilloso lado  positivo, la permanencia en puerto de más de quince días disfrutando de una preciosa ciudad, grande y extensa, a la vez que silenciosa, tranquila, acogedora y humana, también de un entorno natural de bosques y ríos de película, un paraíso de verdes, un correr de aguas continuas, un sueño vivido de paisajes que nunca, pensabas, te despertarían a la realidad.

Dos días antes de zarpar nos comunicaron que embarcarían tres técnicos de la compañía explotadora para ultimar detalles, mientras viajaban, de la planificación del asentamiento antes de comenzar la instalación real y ….un cura, si, si, ….un cura.

Supusimos y así luego se nos confirmó que era el apoyo que incluía el plan de despliegue de la compañía para confortar espiritualmente a la población que ocuparía el campamento ¿¡!? y que por razones que no interesan en este relato viajaría a bordo en lugar de tomar un avión y después un todo terreno desde la capital, Argel, hasta el campamento.

Sin más comentarios todos pensamos en la paradoja de este mundo, mejor dicho, de estos mundos que están en este, casi parodiando a Paul Eluard, ¿quién nos confortaba a nosotros cuando nos encontrábamos en medio de la nada sufriendo los peores elementos?, ¿los stella maris?, aunque bien es verdad que el desierto y el mar tienen mucho de parecido, los unos y los otros que lo habitan tienen enormes diferencias.

Llegó el momento de la partida y los cuatro pasajeros, los técnicos y el cura, católico, francófono, bueno, todos ellos eran de lengua francesa, pero el cura parecía más francés que uno del Perigord, que también hay otro del mismo nombre en un estado del Canadá.

De mediana edad, gordito, afable, dicharachero, cálido y simpático, lo contrario que los tres técnicos que durante toda la travesía hasta Mostaganem, en el golfo de Orán, casi no abrieron la boca, continuamente enclaustrados en uno de los camarotes que utilizaban de oficina de trabajo, planificando y requeteplanificando su trabajo, eso decían y así nos lo creíamos, no había por qué mal interpretarlos, al fin y al cabo eran pasajeros y podían hacer lo que les viniera en gana, pero las botellas de Martel, Henessy y Cutty Sark mermaban el sello de forma notoria.

El cura sólo bebía quisqui, “Ye Monks”; descubrió esa marca a bordo, le hizo mucha gracia que un caneco de guisqui tuviera el nombre de colegas suyos; siempre lo hacía acompañado de uno de nosotros o de varios libres de guardia y la verdad que era agradable su compañía, además como vestía de paisano, sólo en el embarque apareció con su traje negro de clériman, nos sustraíamos de su condición y hablábamos con toda naturalidad y se notaba que estaba a gusto entre nosotros.

Nunca hizo hincapié o destacó por algún tema en concreto, era de esas personas que puede hablar de cualquier cosa, divina o humana, sin aparentar o sentir ardor sobre el asunto, sin mojarse, sin demostrar afinidad, refractario pero a la vez cercano, siempre con un gesto sonriente pero con expresión de cara de cera, en definitiva bastante superficial y si podía, evitaba los temas de política o religión, si me aprietan, diría que casi era en sus opiniones preconciliar, conservador a ultranza. Quizás en el tema gastronómico era donde más vehemencia dialéctica ponía. Pero siempre hablase de lo que hablase, lo hacía con afabilidad y rápida palabra y mucha educación de vieja escuela.

Incluso, a solicitud de los creyentes del barco, celebró dos misas en el comedor de marinería, habilitando una de las mesas como altar. Además la dijo en latín, dado que el francés no era el idioma habitual en nuestra tripulación. Yo, aunque descreído, asistí a la celebración de la primera de ellas, alejado, observando desde la puerta del office y la verdad, fue un entretenimiento que por inesperado y singular a bordo de un buque primó más por la curiosidad y lo raro del acontecimiento que por el fervor religioso, del cual personalmente me siento dispensado.

 

La travesía atlántica resultó más plácida y distraída de lo habitual, además el tiempo nos acompañó con una encalmada poco usual para esas latitudes y estación, finales de noviembre.

Se diría que la presencia del cura aportaba a la climatología esa paz espiritual que llevaba para el personal del desierto. Todos le hacíamos bromas y chanzas sobre lo tranquilo que estaban el viento y el mar, viajábamos abrazados a un pantano barométrico.

Él, regocijándose, respondía que eran sus oraciones, especialmente dirigidas al cocinero, para que pudiese disponer de toda la tranquilidad posible a la hora de hacer la comida. ¡je, je! Tragoncete era un montón, nunca decía no a ningún plato y la verdad, todo hay que decirlo, el cocinero no era ni siquiera aspirante a chef, cuartelero y tedioso en los menús repetitivos y sujetos a la sal de su malhumor, unos días salmuera pura, otros, comida para enfermos de colesterol.

Pero al cura le hacía a media mañana unas “omeletes” y unos “cruasanes” que generaban suspicacias y envidias, amén de puyas y sarcasmos.

Fin del Capítulo primero

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