Se zarpará a las … con destino a…

En muchos puertos los barcos suelen zarpar de madrugada, bien por aprovechar la marea, bien porque han completado la carga y salen pitando para evitar costes de atraque.

Cuando un buque zarpa de madrugada la última copa se toma en la taberna más cercana al portalón, es la copa de despedida que se paladea entre la amargura y el desasosiego, entre las palabras y los silencios da fatuas conversaciones.

Si además la tripulación es como un arca de noé en versión multilingüe la soledad que impregna la vida a bordo te hace atrasar lo máximo posible el embarque.

Dichas tripulaciones comúnmente de filipinos, paquistaníes, ucranianos, gambianos, armenios, indonesios sólo comparten el aburrimiento, el tedio de sumar días y restar vida, ni siquiera el inglés macarrónico conduce y señala la comunicación salvo para lo más elemental.

Después de cerrar la puerta de la taberna de la esquina de un muelle ya clausurado por la modernidad de las cargas y descargas, caminas hacia las luces de tu barco, en la neblina, siempre hay bruma en invierno y en el norte salvo cuando sopla el sur y otras raras veces, intuyes las grúas y los palos, parece como si contemplases un dibujo sin acabar, un borrador de cuadro con colores grisáceos e inseguros aún, en suma un boceto de aprendiz.

Encaras la escala real y pasas por la pizarra del portalón donde siempre se repite el mismo contenido, fecha y hora de salida…..destino…..

El marinero de guardia te saluda con un gesto asténico y vuelve a su ensimismamiento.

Llegas a tu camarote, te quitas el chaquetón húmedo de niebla y te tumbas en la cama vestido ya que la maniobra de salida comenzará en breve y no merece la pena cambiarte, miras a su techo y ves lo que no existe.

Las horas previas de volver a la mar, después de varios días de estancia en puerto, te domina una sensación de melancolía, de deseos afligidos, de tristeza sin causa, en definitiva de sensación de traspasar lo vital y quedarte en un limbo de ser pero no estar.

En el puente, la maniobra de desatraque se realiza con la misma mecánica y rutina, no hay eventualidades, las estachas, los remolcadores, el molinete, las anclas, el timón, la maquina, la radio, todo funciona con sincronía.

Enfilamos la bocana, se despide el práctico, nos quedamos “solos” con un horizonte negro y poco perfilado, ponemos el rumbo en el piloto automático, los buques fondeados a babor y estribor del canal de salida semejan luciérnagas fantasmales,     grandes y luminosas, entre la niebla la luz se desparraman y pierden concreción.

Hacia la media hora de navegación allá en la lejanía todo se percibe minúsculo, extraño, ausente, ¿quiénes somos nosotros? En esta isla móvil donde cada ser mantiene una relación impermeable y pétrea con el resto, donde la vida se para durante días, semanas, meses, se evoca nuestra vivencia sólo para nuestros adentros.

¿De qué pasta estamos hechos? Ni pertenecemos a los vivos pero tampoco a los ya olvidados, estamos en un escalón intermedio donde subir o bajar es solo un azar de la mar.

¿Qué hizo que estudiases algo que además de dinero para seguir existiendo te convierte en un ser ajeno al devenir de las sociedades?

¡Qué fuerza y energía tienen las novelas y relatos de mar!

Aunque sepas que lo que te dicen forma parte de la rudeza y el dolor humano te atrae incluso para revivirlo en ti mismo, sin embargo una extraña sensación te avisa de que algo va mal en tu interior.

Visitas ciudades, monumentos, paseas por calles, jardines, oyes hablar en otras lenguas, todo es ajeno a ti, no eres turista, tampoco viajero, esa palabra tan bonita de la que siempre estuve enamorado, el viajero a diferencia del turista permanece, ve con otros ojos, no tiene billete de vuelta, el tiempo está marcado por él mismo, no tiene prisa y se abraza a sus vivencias, esponja y aprende, siente y asimila, que no es lo mismo que navegar.

De nuevo ese escalón intermedio, como el de la vida y la muerte, siempre entre el ser y no estar, entre el estar y no sentir, entre participar o ser espectador de cuencos huecos.

Allá en la lejanía ya solo se intuye la tierra, acá la ausencia, la nostalgia, la rutina de las guardias, los cuatro mamparos del camarote que velan por tu intimidad, la belleza del mar, el cielo, los elementos violentos y desnudos, la convivencia obligada, la introspección.

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