Lanzarote, la isla negra y blanca

De las islas Canarias, Lanzarote me tiene enamorada. Invita a desconectar del mundo terrenal y a vivir en sintonía con la naturaleza. Aquí fuego, agua y aire se funden para ofrecer paisajes inhóspitos y fascinantes. Siendo la más septentrional de las islas de Canarias, se trata de la puerta natural de entrada del Atlántico. De hecho, alrededor de mil barcos hacen escala cada año en Lanzarote para emprender la travesía atlántica. Pero un viaje a la isla merece la pena en sí mismo.

Lanzarote

Lanzarote pertenece a la provincia de Las Palmas y tiene Arrecife como capital. La visita a la principal ciudad sólo tendrá sentido para hacer algunas compras. En caso contrario, el resto de la isla, sus paisajes, sus aguas, sus atracciones turísticas, nos cautivará sin necesidad de poner pie en el ajetreo de la capital.

Es conocida popularmente como la isla de los volcanes. De hecho, su principal atracción turística es el Parque Nacional de Timanfaya, una zona volcánica de paisajes sugestivos y cautivadores, ubicada en el centro-suroeste de la isla. Se trata de uno de los 13 entornos naturales de la Red Canaria de Espacios Naturales Protegidos, que suponen más del 40 por ciento del territorio insular. No en vano, Lanzarote fue declarada en 1993 Reserva de la Biosfera por la Unesco.

Timanfaya ocupa aproximadamente una cuarta parte de la superficie de la isla y en ella se pueden observar más de 25 volcanes. Las lavas llegaron a las costas occidentales de la isla, penetrando en el océano y aumentando la extensión de Lanzarote. El rápido enfriamiento de la lava al contacto con el agua, unido a la acción erosiva de las olas, creó un peculiar paisaje costero. Ejemplo de ello es el lugar conocido como Los Hervideros, cerca de la población de El Golfo. Lindando con el parque natural se halla el paraje de cultivos de La Geria, muestra de una perfecta simbiosis entre el ser humano y la naturaleza, también de visita obligada.

Además de Timanfaya, Lanzarote alberga otros encantos paisajísticos, como el macizo montañoso de Los Ajaches, en el sur, y la lengua de arenas de origen marino que atraviesa el centro de la isla, en el área conocida como El Jable, entre otros. En la costa norte el macizo montañoso de Famara-Guatifay se precipita hacia el mar en un inmenso acantilado conocido como el Risco de Famara. Y, e n el sur, son aconsejables las playas de Papagayo, de arenas blancas, con vistas al islote de Lobos y a la vecina isla de Fuerteventura.

Otra visita más cultural la forman los monumentos creados por el artista lanzaroteño César Manrique, que se propuso generar las condiciones con las que la isla se transformaría en un destino turístico respetuoso con su paisaje e identidad cultural. Algunas de sus espectaculares obras son la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua, centros en los que el arte y la naturaleza se fusionan para seducir al visitante. Manrique es también el responsable de la arquitectura blanca de la isla, que contrasta con el negro de la tierra volcánica.

Junto a sus encantos paisajísticos “de tierra adentro”, playas insólitas, calas escondidas, aguas cristalinas, islotes deshabitados, un clima primaveral durante todo el año y aguas seguras son los encantos de Lanzarote para la navegación de crucero, a los que se añade una infraestructura excelente, como la de Marina Rubicón, en el sur. La marina forma parte de la zona turística de Playa Blanca, el destino vacacional de mayor crecimiento de Lanzarote.

 

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