La Maddalena, esculpida por el viento

Dicen los que navegan por estas tierras que el aroma de Cerdeña se percibe ya a 30 millas de la costa. Es un aroma de olivos, de lentisco y de mirto, un aroma de Mediterráneo que se hace más intenso al norte de la isla italiana, en el archipiélago de La Maddalena, situado en las Bocas de Bonifacio. Por estos parajes de grandes rocas de granito han pasado Napoleón, Garibaldi y tantos otros, pero aún hoy las islas se conservan milagrosamente vírgenes.

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En gran parte del mundo las islas menores con clima favorable han sufrido las consecuencias del turismo, pero no aquí. Situado entre Cerdeña y Córcega, el archipiélago de La Maddalena se ha conservado virgen y salvaje, a excepción sólo de la isla mayor, La Maddalena, en la que viven unas 12.000 personas, la mayoría concentradas al sur. Al norte se esparcen también unas cuantas pequeñas urbanizaciones, y también hay algunas casas en la isla de Santa Maria, sólo habitadas en verano, pero a parte de esto el resto son olivos, pinos y rocas graníticas de curiosas formas esculpidas por el viento.

Compuesto por siete grandes islas y una cincuentena de islotes, el archipiélago de La Maddalena se encuentra en la costa noreste de Cerdeña, en el estrecho de Bonifacio que separa esta gran isla italiana de su vecina francesa, Córcega. De hecho, por su proximidad, navegar por el archipiélago de La Maddalena es navegar también por las islas francesas de más al norte, Lavezzi y Cavallo. Y, llegados hasta este punto, es casi obligatorio acercarse hasta Bonifacio.

Así, en total, esta zona de navegación es ideal para un chárter de una semana, pero puede alargarse si nos decantamos por navegar a un ritmo más relajado. No se tratará nunca, de todas formas, de un chárter tranquilo, primero porque los numerosos escollos y bajos que se reparten por esta accidentada costa nos exigirán mucha atención, y segundo porque el Mistral que sopla por esta zona en verano, con entre 20 y 25 nudos de intensidad media durante tres días seguidos, nos pedirá algo de músculos. La mitad de los días las condiciones suelen ser duras, así que es aconsejable no ajustar mucho las jornadas, porque algún día podemos vernos obligados a quedarnos en puerto, y por otra parte si no somos expertos navegantes puede ser inteligente contratar un chárter con patrón.

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La mejor época para navegar por La Maddalena y las Bocas de Bonifacio es el verano, julio y agosto, pero también es cuando más gente se encuentra. Junio y septiembre son por ello opciones también muy aconsejables. Adelantarlo o atrasarlo más depende de los gustos, pero ya hace más frío, más que nada por el viento que sopla por aquí.

La Maddalena, Caprera, Santo Stefano, Spargi, Budelli, Santa Maria y Razzoli son las islas mayores de este archipiélago italiano, que, junto con las francesas Lavezzi y Cavallo, se esparcen por las temidas pero bellas Bocas de Bonifacio. Aquí se esconden calas a las que sólo se llega con barco o tras largas caminatas entre olivos y pinos, y en ellas encontramos verdaderas esculturas naturales de granito y playitas de arena blanca o rosa, como la famosa Spiaggia Rosa (Playa Rosa) de Budelli, inmortalizada por Michelangelo Antonioni en 1964 en la película “Deserto rosso”, su primer film a color.

Para garantizar la conservación de estos encantos, y con razón, el archipiélago de La Maddalena fue declarado en 1994 Parque Nacional. Si bien antes no era necesario pedir ningún permiso para fondear en sus calas, la normativa se han ido ampliando y hoy el parque cuenta con determinadas áreas restringidas. Por ejemplo, la Playa Rosa disfruta de una especial protección y está completamente cerrada. El acceso a la Spiaggia del Relitto también está limitado. En otras zonas el fondeo libre está prohibido y se han instalado campos de boyas donde amarrar, siempre con la autorización pertinente previo pago de unas tasas relativamente asequibles (los permisos se solicitan a través de la web http://www.lamaddalenapark.it/), para poder disfrutar de sus aguas de tonos turquesa y esmeralda, que son causa del efecto de las corrientes marinas y de la poca profundidad del estrecho de Bonifacio.

La-Maddalena-Bonifacio

Si hay tiempo, vale la pena dar el salto a las islas francesas del norte, Lavezzi y Cavallo, y de allí poner rumbo a Bonifacio, pasando por el sur de Lavezzi y en ningún caso por el norte de Cavallo, ya que como ya es habitual los bajos y escollos nos esperan allí amenazantes. No es que sea un paso imposible, pero sí muy peligroso y sólo asequible a los más expertos y, sobre todo, a los que tengan siempre un ojo en una buena carta y la otra en el mar. Hasta Bonifacio hay unas siete millas náuticas de ceñida, que merecerán mucho la pena para poder disfrutar de este paraíso corso. Aconsejamos llegar pronto al puerto, ya que si nos arriesgamos podemos quedarnos sin sitio, y las posibilidades de fondear son más bien limitadas. De todas formas, este puerto natural excavado en la misma roca es bastante grande y podemos tener suerte, aunque sea en la parte nueva, la de la izquierda. Con cualquier viento estaremos aquí seguros.

Aquí podemos visitar el pueblo, tomar algo en sus apetecibles terrazas al sol y pasear por su casco antiguo. Conviene llegar hasta la ciudadela que preside la entrada, en lo alto del acantilado. Desde aquí se puede disfrutar de una espléndida vista sobre las Bocas de Bonifacio y Cerdeña.

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