El rayo verde

El rayo verde es un fenómeno óptico que se produce entre el sol y la línea del horizonte,  sucede principalmente en el ocaso, aunque también puede darse en el orto, las condiciones meteorológicas tienen que ser muy particulares y suele ser raro contemplarlo en toda su magnitud y belleza.

Lo más habitual es ver un punto de color verde encima de la última porción de sol que se esconde en ese momento por el horizonte. ¡Que ya es ver!

Sin embargo el rayo verde genuino es más que eso.

Sólo lo he visto una vez en mi vida y su espectáculo fue impresionante.

Navegando por el Atlántico desde Europa con rumbo al Golfo de Méjico, el destino era un puerto “a órdenes” que nos indicarían vía radio cuando nos fuésemos aproximando.

Yo era uno de los alumnos del barco, novato y sólo con teoría y ensueños náuticos en la cabeza.

El capitán del barco, un hombre hosco, poco dado a los matices, sin empatía, autoritario y nada dialogante, engreído, amargado, lleno de figurados moluscos pegados a su pétrea estampa nos trataba como un maestro de escuela con conocimientos pero sin vocación.

Tenía una especial predilección por hacer marcaciones radiogoniométricas y en cuanto atisbaba la costa comprobaba nuestra posición con dichas marcaciones para, siempre exultante, decir que las cuadraba.

Nos tenía quemados a todos los alumnos con las mencionadas marcaciones, a cualquier hora se colocaba los cascos y nos obligaba a ser partícipes de su delirio y manía.

También era un buen navegante y un astrónomo de primera, se conocía toda la cúpula celeste, hasta la más pequeña y tenue estrella la identificaba y nos la hacía aprender, pero a boinazos.

Daba lo mismo tu aptitud y opinión, él marcaba siempre lo que interesaba y te fulminaba con su mirada y desdén.

Sólo nos dejaba en paz cuando le daban los ataques de ciática, que deseábamos que se prolongasen lo máximo posible para evitar sus clases “magistrales”.

Sin embargo, tuviera o no el ataque de ciática, en la guardia del primero, de cuatro a ocho, siempre subía al puente y claro, a mí siempre me pillaba porque yo hacía la misma guardia como alumno.

Una tarde, con el sol cayendo hacia su desaparición, abierto unos diez grados por la amura de babor, dijo con su verbo seco y cortante:

–          “Hoy se dan todas las condiciones para ver el rayo verde”.

Lo habíamos estudiado en la asignatura de Meteorología como un fenómeno meteorológico raro y poco habitual y pensé:

–          “¡Verás que me hace medir cualquier chorrada y me va a amargar la guardia!”

Sin embargo se fue hacia el alerón de babor, se apoyo al lado de la aliada y se quedó en silencio contemplando la caída del sol.

Me acerqué a su lado, hice lo propio, al igual que el marinero, el primer oficial y algún que otro que se encontraba en ese momento en el puente.

Cuando llegó el momento del ocaso, con un horizonte limpio que dibujaba perfectamente la separación lineal entre el cielo y el mar, con esta totalmente tranquila y aquel sin ninguna nube, apareció durante unos segundos que fueron una grata eternidad,  un rayo de un color verde que jamás había visto ni he vuelto a ver.

No existe ese color verde en la paleta de ningún pintor, ni siquiera en la paleta informática de Windows que es densa y variada.

Ante tal resplandor perfectamente delimitado en forma de línea paralela al horizonte, el silencio se hizo virtud, nadie dijo nada durante esos instantes, después de desaparecer, en el extraño claroscuro que comienza con el ocaso, todos continuamos en silencio mirándonos y sintiéndonos protagonistas de algo singular, magnífico e irrepetible.

La sonrisa que se nos dibujó a todos, incluido el capitán que jamás se prodigaba en esas manifestaciones humanas fue de tal intensidad que después en la cámara era el principal motivo de charla favoreciendo el relajo y la sobremesa.

Algunos dicen, después de haber visto el rayo, evocando lo religioso, que es el verde del Edén, perdido para siempre por las razones que todos sabemos.

No entro en eso, pero si en que siempre, a partir de esa tarde de hace ya muchos años, navegando por cualquiera de los mares y océanos, mirando al atardecer y al amanecer, atisbando desde el puente si se darían las condiciones, si podría volver a tener la suerte de contemplar ese rayo que ni siquiera en los libros y enciclopedias se ha descrito con la profundidad y belleza que presencié.

…Nunca más lo he vuelto a ver, …jamás.

Tampoco, después de terminar las prácticas y cruzar varias veces el Atlántico en el mismo buque, he vuelto a ver a ese capitán de pierna renqueante, arrastrándola por el puente como si fuera un remedo del capitán Akab.

Y por supuesto tampoco he vuelto a hacer marcaciones radiogoniométricas en ningún otro barco, el saldo de ellas aún lo tengo en haber.

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