EL paraguas. Una historia verídica

Subía toda feliz y ufana por la escala real la mujer de un oficial, recién casados, llevaban juntos muy pocos meses y varios de ellos en la construcción del buque y después a bordo.

Joven, guapa y muy agradable de trato, los marineros la llamaban “Paloma” en contraposición a la mujer del jefe de maquinas que la apodaban “Halcón”. No es necesario dar más explicaciones al respecto.

Las faenas propias de la carga y descarga de un portacontenedores en cualquier puerto, en este caso italiano, se desarrollaban con absoluta normalidad, pero los marineros que estaban en cubierta no miraban a la mujer en ese momento por su porte, sino por el “cacharro” que llevaba en la mano.

Había ido de compras, se había encontrado en una de las tiendas que visitó con una preciosidad de paragüas, puro diseño italiano y se lo había comprado sin entrar en más consideraciones.

Los marineros no daban crédito a lo que veían, ella pasó por delante, entró en la habilitación del buque y no deparó en las caras de asombro que ponían a su paso, más bien pensaría que tenían otros deseos.

Entró en la cámara de oficiales, enseñó la flamante compra y todos enmudecieron, especialmente el camarero que en ese momento se disponía a servir la comida. El propio marido intentaba quedar al margen de la decidida compra de su mujer mirando para todos lados y a la vez sonriendo con cara de despiste.

Rápidamente se cambió de conversación quedando el paraguas apoyado en un sofá hasta que una vez terminada la comida lo subió a su camarote. Nadie hizo el más mínimo comentario, ni se reiteró la preciosidad del diseño, su colorido, su elegancia, para todos resultaba embarazoso e intuían la que se podía venir encima.

Aunque en sí mismo es absurdo tener un paraguas a bordo de un buque por su poca funcionalidad, estos además gozan de una malísima reputación pues el simple hecho de tenerlos es fuente de supersticiones y la mayoría de los tripulantes, especialmente los gallegos, les atribuyen las calamidades pasadas y venideras relacionadas sobre todo con el mal tiempo y los naufragios.

Al atardecer, listos ya para zarpar, subió al camarote del capitán una representación de los marineros encabezada por el camarero, sin dilación entraron en el asunto que les inquietaba, el paraguas, no podían permitir que hubiera un paraguas a bordo, desde que el barco había salido de astilleros, era de nueva construcción, este había sufrido temporal tras temporal con un gran riesgo y ciertamente en algunos momentos con verdadero peligro de naufragio, el invierno seguía sufriendo los embates de una climatología durísima y ahí fuera volvía a rugir la mar presta a la salida del barco.

El capitán, completamente ajeno a supersticiones pero conocedor de la psicología de los marineros que tenía delante intentó calmarles apelando al sentido común y la racionalidad. No hubo manera de convencerles, llamó al marido de quien había tenido la osadía inocente de embarcar un paraguas y nuevamente la representación de marineros replantearon el asunto y la única solución, tirar el paraguas por la borda en cuanto que saliese a navegar el barco.

Este oficial obviamente se negó de plano, se volvió a discutir sobre la irracionalidad del tema, los tiempos en que se vivía no eran propios para plantear supersticiones de ese calibre, quien había comprado el paraguas, su mujer, no tenía ni idea de ello y su tenencia era un asunto normal y baladí.

Nada, imposible convencerles, superaba el sentido común la vehemencia con la que aludían al mal tiempo y las causas incontroladas y desconocidas que lo motivaban. Para ellos la ciencia meteorológica no pasaba por argumentos técnicos, era producto de fuerzas telúricas y misteriosas que su ignorancia les hacía valorar en demasía.

Amagaron con amotinarse y no salir a navegar si el paraguas continuaba a bordo.

Se retiraron los marineros, el capitán y el oficial permanecieron en el despacho discutiendo sobre el asunto. Vinieron otros tantos oficiales para intentar dar carpetazo de la mejor manera posible al problema, pero el marido se empecinaba en la locura que era tirar un paraguas recién comprado por la borda sólo por satisfacer el delirio de una superstición.

Obviamente todos estaban de acuerdo en los argumentos pero la solución debía ser irracional para que la lógica volviese a la monotonía de la navegación y sus rotaciones de trabajo, caso contrario nos íbamos a encontrar con un temporal en un vaso de agua, nunca mejor dicho.

Se volvía por enésima vez a retomar la palabra, unos y otros manifestaban con diferentes versiones lo mismo pero todo ya estaba más que hablado. Definitivamente el paraguas, causante de la crisis, no podía seguir en el barco, convencido el marido de ello, ahora se planteaba como hacerlo desaparecer sin dañar la sensibilidad de su mujer, a la cual todos ellos la tenían en gran estima y cariño.

El marido convencido pero no aplacado, mantenía que él no lo tiraba y que le daba enorme vergüenza contarle a su mujer la cuestión por irracional, mojigata y ridícula. Quedaría como un monigote ante tal desmán y pérdida de sentido común.

Como quiera que el capitán había vuelto a llamar a la representación de los marineros a su despacho, el cabecilla de ellos, el camarero argumentó que si se le permitía, cuando tuviera que limpiar los camarotes de los oficiales, se le dejase entrar en el de ella para coger el paraguas y hacerlo desaparecer.

Todas las miradas se dirigieron hacia el marido para que diese su permiso, este aún encabritado y completamente ofuscado por la pantomima generada, terminó después de mascullar insultos e improperios, por dar su aprobación; se aprovecharía el momento en que él estando de guardia junto a su mujer en el puente, para entrar y coger el pobre objeto motivo de tanta superchería.

Así se hizo a la mañana siguiente, a eso de las 09:00 horas, una vez superadas todas las circunstancias, cuando el camarote estaba vacío, el camarero entró, abrió el armario, cogió el paraguas, salió por sotavento a la cubierta cercana a la aleta de la popa, le ató un lastre herrumbroso que le habían dado en la maquina y lanzó por la borda el precioso paraguas de diseño italiano hasta que desapareció entre el oleaje como señal de purificación ante posibles temporales. Subió al puente, hizo un gesto de aprobación al oficial que lo asesinó con la mirada y un saludo lleno de simpatía a la mujer, la cual ignorante completamente de lo que sucedía se lo devolvió sin imaginar que su capricho se había esfumado entre espumarrones de agua y sal.

Pasado casi un día desde la partida, con temporal del noroeste en el estrecho de Bonifacio, tuvimos que buscar abrigo en Porto Torres, la carga se había movido quizás por una mala estiba, la escora del barco era bastante severa y las olas se paseaban por cubierta azotando todo a su paso, me encontré de madrugada con la mujer que subía al puente dados los brutales balances que daba el barco, su marido estaba arriba, me preguntó con cara de susto que sucedía. “Vete al camarote, estate tranquila, no pasa nada, sólo un temporal como los que nos estamos chupando durante este maldito invierno”, le dije.

Me miró, regresó a su camarote, yo subí al puente junto a su marido, la cosa era muy seria, nos estábamos librando por muy poco de que el barco diese la vuelta. Y el paraguas no tenía la culpa, el camarero que en ese momento subía café y bollos para los de guardia retiró su vista de la mía, miró a mi compañero, el marido que había cedido deportivamente ante la ignorancia de unos cuantos, este le mantuvo la mirada, ambos sabían lo que pensaban, después cada uno continuó haciendo su trabajo.

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