El cálculo de la longitud.

El cálculo de la longitud hasta bien entrado el siglo XVIII fue un verdadero problema, muchos marinos y bienes se perdieron al errar en la posición.

Muchas tumbas sin lápida quedaron desperdigadas por las costas que sorprendentemente aparecían al creer que se estaba fuera de peligro y sin haber logrado detectarlas con los medios que se tenían a bordo.

Athena.

Los marinos necesitaban para saber con precisión dónde estaban, la hora exacta de su posición y la hora de referencia de un lugar concreto, con esos dos datos se podría calcular perfectamente la longitud.

La respuesta hoy en día resulta sencilla, con tener un reloj es suficiente, pero hasta la segunda mitad del siglo XVIII no existían relojes que soportasen los bamboleos y golpes de un barco, la humedad, los cambios bruscos de temperatura y todos los inconvenientes que rodean la vida a bordo de una nave.

La longitud se define como el punto en que corta un meridiano el ecuador o cualquier otra punto de un paralelo de latitud norte o sur, al ser la tierra redonda el ecuador es un círculo de 360º, como además el día tiene veinticuatro horas, si dividimos los 360 grados entre 24 horas sabremos que a cada hora de diferencia le corresponden 15 grados.

La hora local de un punto cualquiera se puede saber observando la posición del Sol, pero los navegantes necesitaban tener también la hora de un lugar de referencia en tierra –luego fue la hora universal por convención de un meridiano cero- para saber a cuánta diferencia horaria se encontraban.

Para mayor equívoco, hasta que se definió de forma internacional un meridiano cero se tomaban referencias de diferentes lugares pues entraban en juego divisiones políticas, estrategias de poder y argumentos culturales.

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Inicialmente, dado el poderío de la armada española se pusieron como tal los meridianos que pasaban por diferentes partes de España, Francia tenía el suyo, Inglaterra también y como en ese siglo su predominancia iba en aumento definitivamente quedó como meridiano cero el que pasa por Greenwich, con 180 grados hacia el este y el oeste hasta cubrir todo el globo.

Los países al saber de la importancia que tenía conocer la posición exacta de sus navíos, las fortunas que se perdían principalmente, pusieron en marcha diferentes procedimientos para la búsqueda de un cronómetro que pudiera superar los inconvenientes de ese tiempo.

Entre ellos se encuentra el Decreto de la Longitud aprobado por el parlamento británico en el año 1714, que otorgaba un premio de 20.000 libras a quien lograse determinar la longitud con precisión.

Para ello, el reloj que ganase se debía someter a la prueba de un viaje desde Inglaterra hasta América y los cálculos que realizase no debían tener un error de más de un grado de diferencia.

Con el fin de evaluar y aprobar a los diferentes candidatos se creó una comisión denominada Consejo de la Longitud.

Hacia el año 1735, John Harrison, un relojero inglés desconocido y fuera de los círculos eruditos de Londres logró construir el primer cronómetro que reunía las características necesarias para superar los problemas de a bordo.

No se parecía en nada a los relojes de péndulo convencionales, utilizó diferentes materiales para contrarrestar las dilataciones y presiones.

La fama y el reconocimiento tardaron en llegar, sus prototipos denominados H-1 (Harrison-1) H-2…..H-4 y H-5 se vieron inmersos en todo tipo de trampas, marrullerías y dilaciones por parte de los prebostes del consejo que preferían que otros obtuvieran el premio.

Pero en el año 1772 el rey Jorge tomó bajo su protección a Harrison y a su hijo en contra de la opinión del consejo y posteriormente, en julio de 1775, el capitán Cook a bordo de su “Revolution” dio el aldabonazo al denominarlo en sus anotaciones “nuestro buen amigo el reloj” y “nuestro guía infalible” durante el viaje que realizó al Pacífico Sur.

Harrison murió en marzo de 1776 adquiriendo el halo de sufridor entre su gremio pues pasó toda su vida buscando la solución que encontró y luchando contra unos inclementes jueces que no permitían que se aceptase su éxito.

Su logro facilitó y allanó el camino a la marina inglesa para hacerse con el dominio de los mares y aumentar su imperio.

Ningún otro país beligerante con los ingleses, especialmente franceses y españoles dispusieron de un cronómetro capaz de competir con el de Harrison, quedando apartados de la lucha por el control de los océanos.

Existe mucha bibliografía al respecto, tanto escrita, en películas y en Internet.

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