Bligh, Fletcher y los libros de la Bounty

De todos los amantes al cine es conocida la brutal e inhumana imagen del capitán Bligh al mando de la fragata “Bounty”.

En todas las películas que se han rodado y han sido bastantes, se ha caracterizado al capitán como el mal en su peor esencia; tiránico, impertérrito ante el dolor ajeno, pétreo en la aplicación de castigos, inmisericorde con las indisciplinas de su tripulación y demás suerte de infamias e injusticias.

Fuente imagen: Wikipedia

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También es conocida la imagen heroica, candorosa y angelical de su oficial rebelde, Fletcher Christian.

El bien y el mal contrastados a la manera de cuento infantil, sin rebabas, claro y diáfano para comprensión de los niños antes de ir a la cama.

Que yo sepa no ha habido ninguna película que diese la vuelta a los manidos guiones y mostrase los hechos acontecidos hace más de dos siglos con más criterio y perspectiva, dando otra versión de lo que realmente sucedió a bordo de la “Bounty”.

Como me gusta más hablar de libros que de películas, propio de navegantes aislados durante horas y días en su camarote, creo que para todos aquellos que les interese el tema deberían leer la trilogía escrita por Charles Nordhoff y James Norman Hall, así como los documentos que aún existen del Almirantazgo Británico (A.B.) sobre dichos sucesos, también Julio Verne tiene una novela sobre el motín “Les Revoltes de la Bounty” pero es muy poco conocida.

Como anécdota relevante de su interés por las culturas de los mares del sur, ambos novelistas, los dos americanos, aunque uno nació en Londres; después de la primera guerra mundial se fueron a vivir a Tahití, uno de ellos se casó incluso con una nativa y regresaron pasados unos años a su país.

La trilogía tiene como títulos individuales:

“Rebelión a bordo”. Donde trata de la vida, las condiciones, la disciplina, el trato y los personajes que forman la tripulación de la nave.

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William Bligh

“Hombres contra el mar”. La odisea que pasó el capitán Bligh junto con los tripulantes que no se amotinaron en la barcaza donde Fletcher los abandonó cuando se quedaron con la Bounty. En ella se puede comprender la enorme capacidad que tenía como navegante Bligh. Recorrió casi cuatro mil millas desde donde los “abandonaron” hasta llegar a la colonia holandesa de Timor, en sólo seis semanas de navegación. Y solamente con un sextante…..y tenacidad, voluntad y compromiso de todos. Sólo tuvieron una baja; los nativos de las Islas Amistosas ¡qué paradoja! los recibieron hostilmente al intentar desembarcar y mataron a un marinero.

“La isla de Pitcairn”. Donde trata de la vida que llevaron los amotinados con Fletcher a la cabeza, después el propio Bligh al mando de la “Pandora” y con desiguales resultados fue capturando a los que quedaban excepto uno. Todos fueron ahorcados después de tener juicios sumarísimos. Hoy en día, en Pitcairn existe una comunidad mezclada entre polinesios y occidentales fruto de la convivencia que existió.

Más reciente, la novela de Caroline Alexander “La Bounty” donde, según sus investigaciones, que parece que son exhaustivas, profundas y coherentes con los tiempos en que se desarrollan los sucesos, ha marcado el punto de equilibrio para comprender lo que probablemente sucedió hace tanto tiempo.

Bligh era un excelente marino, un navegante impecable y un capitán de la marina británica disciplinado, severo y profesional que no permitía ninguna indisciplina.

Fletcher por el contrario, era un oficial voluble, caprichoso, engreído y capaz de rebelarse para conseguir sus propósitos. Al parecer uno de los motivos de la enemistad que mantuvo con su superior provenía de una deuda adquirida durante una travesía hacia Ciudad del Cabo. Ambos marinos habían navegado juntos, siempre uno a las órdenes del otro en la marina mercante inglesa antes de que el Almirantazgo propusiese a Bligh como capitán de la expedición de la Bounty para embarcar arboles del pan desde Tahití hasta el Caribe para dar de comer a los esclavos de las plantaciones.

En los mares del sur todo es posible, desde contemplar la barbarie más absoluta, hasta gozar de la inimaginable, hedonista y sensual existencia que se contaba de sus islas en este lado del mundo, la Europa del XVIII sometida a unas tensiones sociales enormes y oscurecidas casi todas sus manifestaciones de diversión popular; de repente una tripulación se encuentra con el relajo, la alegría y el saber vivir de una cultura donde les reciben con los brazos …..y piernas abiertas. Quien no tendría tentaciones.

Fletcher se emborrachó con la placentera vida de Tahití, era el oficial al mando de la partida de marineros que iban a tierra desde la fragata.

Bligh siempre se mantenía a bordo, no se quebró su austera y férrea vida por los contrates sociales entre tahitianos y británicos.

Fletcher era descendientes de caballeros, seudo-cualidad impersonal que hace que ineptos, simplemente por nacer en cunas nobles se crean con derecho a prebendas de facto, vamos, como la propia monarquía y aristocracia que todos concocemos.

Bligh provenía de una familia plebeya, mal vistas entre la oficialidad naval de la época.

Aquel creía que tenía ganado todo antes de comenzar la partida; este se lo curraba todo para ganarse la consideración y probablemente ascensos, todo ello legítimo y con el inconveniente de su diferencia social, pues competía con hijos de grandes e influyentes familias.

Estamos hablando de la segunda mitad del XVIII. La vida no era fácil, menos aún a bordo de barcos que hoy nos parecerían barcazas atestadas de gente por doquier.

La vil canalla de proa, es decir la marinería en el argot de la época, vivía hacinada en insalubres aposentos de esa zona del buque; los oficiales no gozaban tampoco de grandes dimensiones de camarotes pero podían mantener su individualidad y la dignidad personal que ya comenzaba a barruntarse en el pensamiento ilustrado.

La disciplina era severa, abrupta e inhumana, pero para todos, tanto en la Armada británica como en cualquiera de las existentes, fuese española, francesa, holandesa, etc… A ver quién es el bonito que va exclamando “Paz y amor” a tripulaciones masificadas al pairo de calmas chichas o de temporales de soberbia estampa pictórica pero de torturante y vomitivo dolor, en un entorno más parecido a un infierno flotante que al nirvana budista.

Bligh aplicaba el código disciplinario de manera probablemente muy estricta, con demasiado celo, pero no era tan diferente a ningún otro capitán, barco o travesía.

De todos modos lo que sucedió en dicha fragata es un símbolo de los tiempos, del hastío de los tripulantes, del abuso de la disciplina y los castigos corporales y del infierno en que se desenvolvía la vida abordo y que aún diría, salvando las distancias, se sigue desarrollando en muchos, muchos buques de apariencia moderna y tecnología espacial.

Pocos años después de los acontecimientos de la Bounty, el mismísimo Nelson tuvo que poner toda la carne en el asador para aplacar una rebelión de toda la flota británica que se encontraba fondeada en el estuario del Támesis.

Se solucionó como se sabía hacer, de manera cruel, brutal y cruenta.

Aunque la carta de derechos del hombre ya estaba escrita, no estaba interiorizada, tampoco respetada, ni siquiera asimilada, y a bordo menos; hasta hace muy poco, incluso en los primeros años de andadura constitucional permanecía vigente la Ley penal y disciplinaria de la MM; no se aplicaba, pero era una espada de Dámocles por si las “flais”. Capitanes ha habido con verdaderos delirios autoritarios y personalidad esperpéntica y sin la profesionalidad del tal Bligh.

Tenían que pasar muchos años para lo que actualmente “disfrutamos”.

Hoy hasta los antidisturbios piden permiso para emplear la violencia que legítimamente les concede el Estado en tumultos y provocaciones.

Son otros tiempos, los sucesos hay que entenderlos en perspectiva, de ahí que las películas basadas en hechos históricos tengan menos profundidad que los textos donde se plasman o apuntan dichos sucesos.

Por cierto, según consta en los anales del A.B. el tal Fletcher manifestó en el juicio que muchas veces en su devenir de amotinado deseaba que terminase la odisea polinesia.

En el fondo la disciplina naval también tenía un cierto calado en su acervo personal.

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2 Responses

  1. Juanito

    enero 24, 2014 8:40 pm, Responder

    Excelente artículo, salvo, a mi parecer, en el juicio de valor sobre la monarquía. Se nota que el autor debe ser republicano …

  2. Roque Silos

    febrero 5, 2014 4:30 pm, Responder

    Pues si, soy republicano. Dejar la cabeza del Estado en manos de una saga por simple consangueinidad no creo que a estas alturas de la historia sea muy evolucionado socialmente.

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