Alejandría, su puerto; Durrell y otros, la nostalgia.

Arrastrar cadenas es nuestro destino,
donde ellas nos lleven allí estaremos.
Quién sabe dónde, si al andar no miras.

A veces, en la prórroga de la vida, hay que recordar episodios del pasado a modo de conjuro, como si de una expiación se tratase, en ese caso no sirve evocar simplemente las experiencias, hay que recordarlas con toda su crudeza para continuar aguantando de la forma más serena posible tu andar por este mundo; mundo que observando a los que nos rodean cada vez tiene más amenazas de desaparición personal. La enfermedad, la pérdida de la energía, la desmemoria, todo ello a medida que caminamos nos acerca a un límite desconocido, unos llegaron antes y nos anticipan con ello que nosotros estamos más próximos, por eso y por querer llegar ligero de lastres es mejor conjurar lo que en tu vida fueron experiencias letales.

La mar es muy dura y te hace duro, lo cual no significa fuerte, aunque va parejo, aparte de ser poética, atractiva, embriagadora, bella, aterradora y todo lo que queramos colocar como adjetivo, pero siempre el término final será el de dura, brutal también; a los hombres les coloca una patina de aspereza que arrastrarán allá donde vayan, su distintivo será siempre la rareza, la paradójica inquietud que da seguridad cuando al moverse por un suelo inestable tienes mayor firmeza. También la mirada lejana para relativizar problemas y el estar pero a la par no sentir esa permanencia.

Todos hemos tenido alguna vez en la vida lugares y situaciones que nos han marcado, han dejado su impronta de forma indeleble en nuestro existir, nos han estigmatizado y los pasos que hemos continuado dando ya llevan la huella de esa experiencia, de esa visión del mundo que nos hizo sentir, bien o mal, de su rumbo determinante.

Para mi ese lugar fue el puerto de Alejandría, en una época muy concreta y a una edad en la que el endurecimiento y la rudeza del sentir no formaban parte de la vida, puede que fuera demasiado joven, quizás muy sensible, no voy a entrar en especulaciones, pero allí, en esa ciudad, la cara oculta del vivir, del infierno terrenal, se me apareció de golpe y me señaló para siempre.

La visión de Alejandría desde el puente de un barco, enfilando la bocana de su puerto no debiera sustraer tu personal inmersión basada en las novelas o poemas de otros que antes que tú estuvieron en ella, pero inexcusablemente es otra cosa, aunque tú quieras forzar la percepción romántica porque es más bonita que la real.

Alejandría, unos ocho años después de la guerra de los seis días, nada alrededor y dentro de ella hace pensar en el esplendor de siglos pasados, tampoco de la época de Durrell y su maravilloso “Cuarteto de Alejandría”, ni de las vivencias de Kavafis, ni de las correrías de Forster para hacer su personal historia de la ciudad; los tres, perfectos guías de una ciudad que en su tiempo, en el de cada uno indistintamente, rezumaba vida por todos lados pero que ya había llegado exhausta en esas fechas de los 70 y desgraciadamente a lo más profundo y grotesco de su colapso social.

La miseria, la pobreza, el desamparo tienen olor y color, todo lo contrario que las actuales imágenes de video de desastres, donde todo es de gran colorido, incluida la basura y la mugre; de los olores, ni imaginarlos, tampoco se pueden trasladar a la película, al reportaje, pero en cualquier vivencia dejan su marca, su huella sarnosa.

El sufrimiento de sus habitantes, el deshonor de batallas perdidas contra los judíos, la debacle social que precede a una guerra, a cualquier guerra.

El puerto se cerraba con una red submarina por temor a los comandos sionistas, toda la franja costera entre la ciudad y Port Said estaba minada por la misma razón. Siempre había que navegar con el parte de minas encima de la carta náutica y con la duda de presentir que las minas en el mar tienden a desplazarse además de la falta de rigor de los que confeccionaban dichos partes.

De noche no se podía salir ni entrar del puerto, lo cerraban físicamente; la inseguridad y flaqueza, aparte del desorden que transmitían las supuestas fuerzas que debían defenderlo era más propia de gente asustada que de bragados y curtidos soldados.

Los muelles eran un conglomerado de gentío variopinto, ausencia total de glamour mediterráneo; estibadores, policías, transitarios, consignatarios, gente de mar yendo y viniendo, hasta ahí todo normal, lo común de cualquier puerto; pero de forma velada, soterrada, muy propio de la cultura árabe, atrincherados en los tinglados de la carga, pordioseros que parecían venidos de la época de las cruzadas, niños y no tan niños pidiendo de todo y a todos los que parecían occidentales, prostitutas amagadas con vestimentas de ortodoxia musulmana que una vez en el interior de los barcos se transformaban para regocijo de las tripulaciones y mostraban la mejor de su lencería.

Todos ellos intentaban vivir y convivir a bordo conchabándose con el policía que obligatoriamente había que contratar en cada barco para lo contrario que finalmente sucedía, que no les echasen. Todo era un juego teatral, trágico y cochambroso; la supuesta autoridad que debía desprender el particular policía era todo lo contrario, este se transformaba en el cordón umbilical de toda clase de desmanes, robos, corruptelas y vilezas. Todos comían en popa, alrededor de la salida que tenía la cocina, todos estaban prestos a realizar cualquier servicio que un tripulante necesitase, daba lo mismo su edad y estatus, aunque esta palabra es de por si un escarnio ante la miseria de todos ellos.

De día había un delirante trasiego de barcos; según las necesidades y la importancia de su carga, ahora atracados, más tarde abarloados y con varios grilletes en el agua, luego fondeados directamente, después de nuevo la rotación; todo por no haber suficientes muelles para el gran número de buques que cargaban y descargaban, la mayoría soviéticos, de todo tipo, graneleros, petroleros, carga general, frigoríficos, etc.

Una de las secuelas de la pérdida de la guerra era que el gobierno egipcio se había echado completamente en manos de los rusos, de cada diez barcos atracados, nueve eran de bandera de la URSS, el resto éramos la nota rara, lo extraño, lo curioso y por supuesto lo más atractivo para las hordas de miseria, mendicidad y prostitución que nos rodeaba, teníamos dólares y sabían que ganábamos más que los ruskis y por supuesto gastábamos también más. Curiosamente en los barcos soviéticos no había nunca personajes ajenos al cometido mercantil de un barco, es decir, ni prostitución, ni mendicidad, ni robos, ni siquiera policía, sin entrar en consideraciones políticas, donde no hay; ni se pide, ni se oferta.

La percepción múltiple que imprime Durrell a su “cuarteto”, a sus personajes contemplando la misma realidad desde su propia perspectiva, se convertía en una quimera pasadas dos décadas; la arquitectura y el trazado de la Alejandría de sus relatos había pasado de la elegante decadencia a la completa destrucción, sin arreglos, sin mantenimiento, sin cuidados, sus calles y edificios parecían sacados de una novela de ciudades destruidas de ciencia-ficción, aunque nunca fue atacada militarmente por los judíos, el deterioro de la Alejandría que yo viví era notable, continuo y persistente. No sé cómo será ahora, no he vuelto a ella, me produce aún rechazo, pero cuando yo estuve no tenía nada que ver ni con lo leído, ni estudiado, ni fabulado por otros.

Donde estarían ahora Justine, Nessim, Montolive, Clea, Melissa, Darley, el narrador que todo lo contaba con esa delicada y lánguida mirada, con esa suave tristeza a veces convertida en delirio. Los paseos por el lago Mareotis, tan alejados de mi personal percepción, nada que ver lo que decían sus libros sobre lo que yo veía, caos, destrucción, horror en definitiva y sin embargo, al final todos somos capaces de convivir con él.

Un triste ocaso de larga estancia se había asentado en todos los lugares por donde el “cuarteto” pasó, ni una brizna de sus vidas, todo estaba muerto, se fueron, abandonaron sus pertenencias ya que presintieron que la ciudad volvería a quedar en ruinas, igual que cuando desapareció su faro, su biblioteca, sus foros, sus academias, cuando la arrasó  Saladino con otra mentalidad y con otras armas, aunque con resultado idéntico, el de la destrucción y la desolación.

 


 

Después de descargar durante dos semanas repuestos de automóvil procedentes de Barcelona, comenzamos la carga de pistacho, un día si y dos no, lentamente, siempre entre dos barcos rusos; la tarea se hacía eterna, a mano, anacrónica, impropia de los años 70 del siglo pasado; llegaban tartanas arrastradas por un solo caballo, mulo o burro, llenas de sacos de pistachos, unos veinte de ellos en cada tartana, se quedaban en fila en el muelle, paralelos al barco y enroscándose la fila como una serpiente friolera, ocupando cuatro, cinco, seis líneas, originando un barullo más propio de puertos medievales que del mundo actual.

Una colla de estibadores se echaba a la espalda un saco por cabeza, subían por una rampa desde el muelle hasta la cubierta y allí lanzaban los sacos por un plano inclinado hecho de los propios sacos hasta el fondo de la bodega donde otros tantos estibadores los iban colocando, eran más de cincuenta, hacinados, incluso cuando paraban permanecían descansando, algunos hasta pasaban la noche en ellas.

En una de las maniobras de acercamiento de las filas traseras de tartanas a la banda del barco, un caballo o mulo derrapó y el cochero no pudo hacer otra cosa más que saltar de la carreta para no caer al agua cerca de la amura de babor; acémila y carro con todo sus sacos de pistacho cayeron quedando apresados entre el casco del buque y el muelle de unos dos metros de altura, los relinchos que daba el animal eran desgarradores, no había forma de salvarle, tampoco la carga pudo ser recogida, todo se hundió entre la estupefacción, la impotencia y la desdicha que siempre va pareja a la miseria.

El cochero, que debía ser el dueño, no paraba de lamentarse, pero su desgracia no podía detener al resto de tartanas y su descarga, él estaba en tal estado de desesperación gritando y alzando los brazos a un supuesto “Alá” que no le escuchaba que al final ni sus propios compañeros podían alejarle para que no entorpeciese al resto, al poco rato vinieron varios guardias que con la brutalidad que les caracterizaba se liaron a mamporrazos sin preguntar ni inquirir por lo que había sucedido; así, de manera tan expeditiva volvieron a dejar libre la zona, al fin y al cabo el suceso no tenía nada que ver con el objetivo de conseguir cualquier beneficio para ellos, caso contrario hubieran actuado de otra forma tal y como lo hacían a bordo con los que pedían o se prostituían.

El pobre hombre con su chilaba desgarrada y manchada de sangre por la somanta de golpes que le dieron se alejó a una distancia prudencial, seguía vociferando y seguramente maldiciendo su destino, ¿qué sería de él?, me preguntaba perplejo y asustado por la desgracia ajena totalmente inopinada; ciertamente nadie pudo hacer nada con los medios de aquella época y del propio lugar, excepto haber sido más considerados con la desgracia ajena, pero la compasión no es propia de gentes que viven al día con menos de lo básico.

Finalizada la carga por ese día, pasear por la ciudad se hacía imprescindible para oxigenar el bloqueo mental al que te sumían las desgracias que contemplabas a tu alrededor.

Al día siguiente, libre de guardias a bordo, después de hacer una gestión burocrática en el consulado británico que llevaba los asuntos marítimos de la bandera de conveniencia del barco, Panamá, podía permitirme como siempre que salía del barco, andar, pasear, perderme sin rumbo por cualquier zona de la ciudad, me daba lo mismo los barrios viejos árabes que las zonas de paseo junto al mar, de corte occidental, francés o inglés, la evocación de lugares leídos se desvanecía permanentemente, no identificaba ninguno de ellos, pero deambular era un ejercicio saludable aunque la impronta de los personajes ya no existía.

El consulado, un palacete colonial en la zona más exclusiva de la ciudad, donde los malos olores y los desastres no llegan, donde parece que se frenan, se avergüenzan y se disipan y sientes que estás en otra dimensión. Pulcritud, orden, serenidad, incluso frescura, aunque sin aire acondicionado, todo era más placentero, parecía que hasta la temperatura era clasista.

Después de sortear los diferentes filtros de seguridad propios de cualquier representación consular me hicieron entrar en un despacho donde una joven atendía los asuntos marítimos. Con mi inglés macarrónico saludé y comencé a explicar la razón de mi visita, a las dos o tres frases la joven, más o menos de mi edad, me interrumpe y con una sonrisa de enorme alegría me lanza: “Sos español, que lindo poder hablar español”.

Mi sorpresa y también mi alegría al oír en mi idioma materno algo tan natural y formal, en el barco era el único español a bordo, me desarboló totalmente.

Todo cambió a mí alrededor, ya no sabía ni para que había ido al consulado, la chavala de veintitantos años, Graciela era su nombre, comunicativa y simpática era un fluir continuo de preguntas, admiraciones y halagos; argentina de nacimiento, yo no veía más que una mujer delante de mí que se interesaba con sinceridad, con vehemencia; ni me fijé si era alta, baja, gorda o fina, si vestía mejor o peor, mi sentido crítico masculino había desaparecido, no veía nada, sólo percibía candor, dulzura y sonidos celestiales ajenos completamente a mi estancia alejandrina.

Por avatares ajenos a este relato ella trabajaba de administrativa en el consulado y que un españolito de su misma edad apareciese por el lugar fue para ella la eclosión de deseos y sentires que nunca imaginaría.

Yo por otro lado estaba completamente fuera de mí, algo tan normal como tratar con una mujer que en cualquier lugar de occidente hubiera sido un acto rutinario y pueril se había convertido en el descubrimiento de la belleza, la felicidad y casi el nirvana.

Después de recordar la razón de mi visita al consulado y hacer todo el papeleo, continuamos charlando con la ansiedad que a uno y otro por motivos diferentes nos había supuesto la situación. Quedamos en vernos para cenar esa misma noche, me sugirió un café para citarnos aunque le cena sería en su casa, en el centro de la ciudad, en “La Corniche”, el paseo marítimo, yo ya conocía ese café de otra salidas, el lugar era propio de occidentales y podías contemplar y que te contemplasen, como todos los cafés del mundo, además de poder tomar cerveza y cualquier otra cosa que por discreción nunca decías con sus nombres reales.

Le comenté que yo debía estar en el barco antes de las doce de la noche pues el puerto se cerraba y no permitían pasar a nadie pasada esa hora y a la mañana siguiente tenía que trabajar. “no te preocupés” dijo, “podés dormir en casa y mañana temprano os acerco al puerto yo misma”. No hacía falta decir más, el asombro de que todo resultase así de sencillo me dejó completamente obnubilado, máxime después de llevar meses conviviendo con todo tipo de desastres.

Tomé un taxi de vuelta al barco, ni comí, me cambié y regresé a la ciudad, fui directo a una tienda donde vendían vino, la conocí por un muchacho egipcio que conocía y con el que a veces quedaba, entre otras cosas, para pasear y fumar las pipas de agua de los cafés a los que solían ir los autóctonos y por lo que siempre debías de ir acompañado para que se abriesen todas las puertas sin temor ni recelo.

Compré un “Chateau de ya no me acuerdo” que me costó un dineral, pero valía la pena, era como si de pronto, ante tanta penuria y cutrez, uno de mis admirados poetas de la ciudad se  hubiera apiadado de mí y desde el más allá me hubiera otorgado una oportunidad para recordar la Alejandría voluptuosa, bella y feliz de sus tiempos.

A la hora acordada estaba sentado en una mesa del café, con mi botella enrollada en una bolsa de papel para no llamar la atención, esperando, esperando y esperando; ansiedad, anhelo, inquietud, nerviosismo, pero no llegaba, no se veía a ninguna mujer de las características de ella y aunque la verdad ya ni me acordaba de su figura, ni de su cara, sólo de su actitud, pero era lo mismo, en cuanto que la viese aparecer la distinguiría, a veces al difuminarse la faz de alguien en tu memoria, pasado el tiempo y sin recordar el rostro, al volver a verle, surge con toda su fuerza el recuerdo de unos rasgos que pensabas que los habías olvidado.

Pasada media hora, que fue una eternidad, apareció un joven que miraba con fijeza a cada uno de los que estábamos sentados en cada mesa, después de mirar hacia todos se dirigió hacia mí, me llamó por mi nombre, y en español se presentó como el hermano de Graciela y me comunicó que ella no podía venir a la cita, que la excusase y que en breve se pondría en contacto conmigo para volver a quedar. Todo un detalle.

¡Maldita sea! Que he hecho yo para que Alejandría se me muestre al revés de cómo la había imaginado, en qué me he equivocado para que aparezca ante mí lo más tenebroso, mísero y paupérrimo de la vida.

Anduve caminando sin rumbo, como siempre, pero esta vez ausente completamente de lo que sucedía a mí alrededor, me daba igual todo. Fue tal el errante deambular que tuve que llegué después de las doce a la entrada del puerto. Cerrado a cal y canto ni siquiera hice por “facilitar” la entrada mediante billetes de la famosa sentencia “In God we trust”; regresé por donde había venido, me fui a un hotel que conocía de otras veces, “art decó”, descolorido, desvencijado, reflejo de una arquitectura resplandeciente ya caduca, con un casino donde sólo los occidentales podían jugar, también los egipcios adinerados, el parné lo puede todo aunque en la entrada ponga “Only for no egipcian people”.

Jugué, jugué y jugué a la ruleta, al 19; gané, gané y gané; y perdí, perdí y perdí.

Me salieron muchas y muchos admiradores mientras ganaba, todas desaparecieron cuando perdí, al final quedé igual que entré, me fui a la habitación, segundo piso, preferí subir a pié, el ascensor chirriaba demasiado, presagiaba lo peor y la suerte no era mi compañera más querida últimamente.

A la mañana siguiente, acompañado de mi botella de vino envuelta en papel, regresé a la rutina laboral, a los olores putrefactos de ciudad mediterránea de alcantarillas colapsadas, de griterío y caos, de hambre y desazón.

Faltaba por llenar una bodega de sacos de pistacho y parecía que se daban más prisa de lo habitual, quizás era porque se acercaba la navidad en Europa y los receptores de la carga se habían dado cuenta de que iban a dar salida fácil al fruto seco.

Dos días, puede que tres y saldríamos del agujero negro; el barco continuaba atestado de gente que no tenía nada que ver con la carga, indigentes, prostitutas, niños que aparecían y desaparecían, ¿irían al colegio?, pregunta estúpida, ni siquiera con ironía aguanta la respuesta.

Desayunabas, comías, cenabas y siempre aparecía alguno que te partía el alma, les dabas lo que podías, tampoco la gambuza daba para mucho, te lo apuntabas como gasto personal para evitar suspicacias y problemas, era lo mismo, seguían apareciendo, asomándose por los portillos, por los portones; cuando corría la voz entre ellos que uno del barco te daba mantequilla, galletas, sardinas, pasta, te señalaban y te perseguían con más ahínco.

Era terrible y para poner colofón, además era desalentador pasar a bordo por un hombre al que no le gustan las mujeres por qué no busca su beneficio y no juega a ser promiscuo y sátiro a costa de las hordas de la necesidad.

Duro ser lo que no eres y dar lo mismo lo que expliques, pero la vida continuaba día tras día en el pequeño mundo de unos muelles.

 


 

En el barco atracado a la proa del nuestro, ruso obviamente, se entretenían todas las tardes haciendo carreras de tullidos, sí, de tullidos. Habían organizado en la distancia que ocupaba en el muelle la eslora del barco, carreras de jóvenes que siendo soldados en la guerra habían perdido las dos piernas y se movían ayudados de un carrito de madera con ruedines, ¡como en los chistes de Martín Morales!

De lo más atroz que he visto en mi vida. La rabia y la impotencia ante la descomunal indignidad eran inferiores sin embargo a la aceptación y delirio que generaba en las tripulaciones que asistían como espectadores ante tal evento “deportivo”.

¿Qué ha sucedido para que el dolor y la necesidad ajena sean motivo de algarada y espectáculo? ¿Dónde vivía yo hasta que llegué a esta ciudad? ¿Acaso he sido tan torpe y ciego que nunca me di cuenta del dolor ajeno y de las expectativas de ocio y entretenimiento que genera este en otros seres humanos?

Quien ganaba la carrera, 150 metros aproximadamente, recibía unos dólares, nunca rublos, los despreciaban, no valían para nada, ni siquiera las tripulaciones ruskis los querían. El griterío, las expresiones verbales que no entendía, pero si interpretaba, daban mayor sesgo trágico a todos aquellos que habían participado pero no habían ganado. Sus caras eran la máxima expresión de la desgracia humana. Las risotadas de los que en las apuestas habían ganado no lograban silenciar los quejidos y lamentos de los que sin extremidades inferiores, arrastrados por el destino, sólo querían seguir comiendo para vivir.

Así día tras día, de barco en barco iban el conjunto de lisiados de guerra, para distracción de seres que si tenían algo de humanidad no hacían el más mínimo intento de mostrarla. La policía siempre omnipresente en casi todos los lugares y acontecimientos “portuarios” desaparecía por arte de “birlibirloque”, luego se descolgaba para “tratar el asunto”.

 

 

Llegó por fin el día de la finalización de la carga, saldríamos al atardecer, mediados de diciembre, rumbo a Ravenna. Salí a despedirme del amigo que me había acompañado durante tantos días en los paseos interminables por toda la ciudad, Ahmed; serio, educado, culto, con una dicción inglesa propia de Oxford, tenía una tienda de electrodomésticos en un barrio popular, le conocí cuando me quedé mirando el escaparate de su negocio; me resultó chocante la pulcritud, entre tanta miseria, de su tienda. Salió a saludarme con la naturalidad y amabilidad que sólo tienen los árabes, dentro tenía cintas de música occidental para satisfacer a cualquier melómano. Había estudiado en Londres, hablaba como un intelectual y ciertamente sabía más de occidente que el común de sus conciudadanos e incluso yo me rendía a sus explicaciones como un ignorante.

Conocí una Alejandría inexistente para el europeo, dejando de lado la pobreza, entré en las “cavernas” de la urbe, siempre acompañado, no era posible entrar en cafetines, antros, secaderos, fumaderos y serrallos como los que estuve sin ir de la mano de un árabe. Era amable, dialogante y solícito pero no quería hablar de asuntos políticos, de la desgracia de su pueblo, de su sociedad tan anacrónica, de lo que se vivía en el puerto que parece que ni lo conocía, ni le importaba; le interesaba más la música y la literatura occidental, ser guía de lugares oscuros de su ciudad y mostrar su lado exquisito y refinado. Personalmente era un relax, superficial y banal, pero servía de amortiguador de tensiones, de contrapunto a la sordidez y la miseria que veía todos los días.

Vivía con sus padres y tres hermanas en un barrio bien de la ciudad, cercano al consulado, conocí a sus padres, comí y cené con ellos, bueno sólo con el padre, la madre saludaba amablemente y desparecía, nunca me presentó a sus hermanas, aunque preguntaba por ellas y la curiosidad aumentaba de manera creciente, nunca hizo que coincidiésemos, eludía responder, su rancia y británica educación, además de su cultura árabe le servía con gran elegancia para salir airoso y no responder a mi interés por conocerlas, pero fuimos muy amigos en ese nivel de convivencia y siempre le recuerdo con gran cariño, jamás hemos vuelto a vernos, yo le di mi dirección en España, pero ni por carta volvimos a comunicarnos.

Después de despedirme de Ahmed, de regreso a bordo, unas dos horas antes de zarpar, el primer oficial me dijo que un muchacho había venido para hablar conmigo, al no estar, éste le comunicó que su hermana estaría esperándome hoy a las ocho en el café que yo sabía.

Otra vez ¡maldita y maldita sea! El primer oficial no salía de su asombro al verme despotricar en un idioma que desconocía, me fui a mi camarote a mascullar improperios por el destino tan canalla que me perseguía. La desazón y ansiedad que me creó el anuncio de volver a quedar hizo que por mi cabeza pasase pedir la cuenta ipso facto, desembarcar y aunque no me pagasen me daba lo mismo, ya me apañaría, tenía suficiente dinero en metálico para estar una temporada libre.

Imposible, la razón te decía que era una barbaridad hacer eso, tanto profesional como personalmente no procedía, estaba fuera de todo criterio sensato, al fin y al cabo ni siquiera te acordabas de su cara, sólo había tenido palabras amables contigo, no era suficiente aunque fueran las únicas palabras bonitas que habías escuchado en meses de embarque, en días tenebrosos de estancia en un puerto en el que ya habías estado tres veces más y habías regresado a Europa siempre con gran tristeza y peor futuro.

Al final saliste del camarote, subiste al puente, viste que las bodegas se estaban cerrando, los marineros comenzaban a arranchar, era la vorágine típica de la salida a navegar. Se soltaron amarras, el remolcador hizo lo propio, enfilaste la bocana, Alejandría de noche, luces tenues, después la oscuridad, allí debía estar el famoso faro, siempre la misma afirmación, de entrada, de salida, seis veces en una campaña, pero ya no había faro, incluso pensabas que jamás exisitió el famoso faro.

Kavafis, saliste en barco de tu ciudad, luego regresaste y moriste en ella ¿llegaste a tu Itaca? O ¿desististe de encontrarla?, en tu ciudad que tanto querías ¿fuiste feliz mirando a tu alrededor? ¿Y Forster? Después de hacer una gran descripción de ella terminaste siendo famoso por un nombre y un entorno que no tenía nada que ver con la debacle y ocaso del faro que alumbraba el Mediterráneo, Maurice ¿Qué hubiera sucedido si la novela se ubicase en Alejandría?

Ya estoy de espaldas, ya no me interesas, me has resultado el peor de los escenarios teatrales de este mundo, no quiero volver a verte.

Rumbo al Adriático, destino Ravenna, otro puerto, otra historia, quizás allí cambie la suerte de esta maldita campaña de ruta fija al puerto que para mí ya no tiene nombre, o puede que no.

 

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